EXCURSIÓN DE UN DÍA: MIRAVETE DE LA SIERRA

Cuando parece que conoces mucho una zona, de repente un día decides coger un nuevo desvío, te metes por una carretera por la que no habías ido nunca y ¡ZAS!, descubres una maravilla de pueblo que no conocías.

Y eso nos pasó a nosotros un día que volvíamos a recorrer la Sierra de Gúdar que tanto nos gusta. Pasado el pueblo de Allepuz dejamos atrás el cartel de Sierra de Gúdar y nos adentramos en el Maestrazgo Turolense y allí, atravesado por un río y con un precioso puente dándonos la bienvenida, apareció Miravete de la Sierra.

Así nos recibe Miravete de la Sierra

Y la primera impresión que nos dio es que es un pueblo totalmente de postal. Con la plaza con su fuente en el Centro, el Ayuntamiento con sus arcos, el río que lo atraviesa… Lo que os digo…de postal.

La Plaza Mayor con su fuente en el Centro y el antiguo Ayuntamiento

En su día, hace ya unos 10 años, este pueblo fue elegido por una compañía publicitaria para hacer una campaña, poniéndole el título «El pueblo donde nunca pasa nada». Y es que es entrar allí, visitar su iglesia, patear sus calles, subir hasta la roca y pasear por las orillas del río y te aseguro que tu cuerpo entra en modo zen y te olvidas de todos los problemas que has dejado detrás.

Aquí se respira paz y tranquilidad

Para mí fue como un kit-kat. Había un antes y un después de Miravete. ¿Y cuánto me tuve que alejar de mi ciudad, Valencia, para alcanzar este idílico lugar?

Pues, para llegar a este escondido pueblo de la provincia de Teruel, tienes que viajar unas dos horas desde Valencia  por la carretera que va a Zaragoza, la A-23, cogiendo el desvío hacia la carretera A-228 hacia Mora de Rubielos.

Una vez cogido el desvío, pasarás Mora de Rubielos, Alcalá de la Selva, Gúdar y Allepuz y comprobarás que en cualquiera de estos pueblos podrías pasarte el día, pero nuestro destino de hoy está más allá. Continuas por carreteras solitarias y notas que te vas alejando más y más de la civilización.

Y llegas a Villarroya de los Pinares y aquí vuelves a desviarte ya hacia Miravete. No llega a 10 kilómetros los que separan Villarroya de Miravete, pero al coger este desvío la carretera se estrecha y se convierte en un pequeño puerto de montaña que se adentra en el cañón que forma el río Guadalope.

Y de repente ves una roca enorme que parece que va a sepultar un pequeño pueblo que está casi incrustado en ella, y cuando te vas acercando ves un precioso puente romano bajo el que pasa un tranquilo riachuelo.

Has llegado a Miravete de la Sierra, «el pueblo donde nunca pasa nada».

El pueblo se encuentra a la sombra de una enorme roca

Y, además del entorno natural, que es bucólico, hubo dos cosas que nos llamaron la atención. Una de ellas fue la Iglesia, dedicada a Nuestra Señora de las Nieves y diferente de todas las que habíamos visto por estos pueblos y la otra la enorme piedra bajo la que se encuentra el pueblo.

La Iglesia se esconde dentro de unos muros y cuando cruzas este muro te encuentras con una plaza porticada con unas ventanas convertidas en un mirador y unos capiteles de motivos vegetales en sus arcos perfectamente conservados. Mirad que maravilla:

La Iglesia se encuentra tras estos muros
Este es el claustro exterior de la Iglesia
El mirador del claustro

Y otra curiosidad de este conjunto es que la Iglesia comunica con otra calle por medio de un estrecho pasadizo, lo que le da un aire medieval y misterioso que hace aun más singular este espacio.

La lástima es que la Iglesia, de estilo gótico-renacentista, no se puede ver por dentro porque su tejado tiene graves problemas estructurales y ningún año saben si aguantará otro invierno con el peso de la nieve y las goteras sobre ella. ¿De verdad que hay que dejar destruirse así un bien declarado de interés cultural? Pues ésto es el día a día de esta España vaciada.

Puerta de la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves
Calle de Miravete

Porque hay que decir que en este pueblo solo hay censadas unas 35 personas, pero en invierno solo viven 5. Y debe ser verdad porque, aunque nosotros fuimos en agosto, para poder comer lo hicimos en el único local abierto que hace funciones de bar, supermercado y oficina de turismo y éramos los únicos visitantes del día, comiendo del mismo guiso de arroz con verduras de los dueños del local.

Pero, aunque quizá deshabitadas, las casas están muy cuidadas y dando un paseo por el pueblo, por sus calles estrechas y empedradas, parece que te has metido de lleno en un cuento de los hermanos Grimm.

El pueblo, aun siendo tan pequeño, tiene tres barrios diferenciados: el Central al abrigo de la roca, el de San Cristóbal en la margen izquierda del río y el del Arrabal en la parte derecha.

 

Paseando por las solitarias calles de Miravete

Cuando llegas a lo más alto te encuentras de cerca con dos rocas de forma singular que parecen proteger al pueblo. Desde ahí arriba se tiene una amplia panorámica de Miravete y del valle del Guadalope que le rodea.

Esta singular roca se encuentra en lo alto del pueblo

Me habría quedado ahí arriba simplemente observando ese paisaje que quiero conservar impreso en mi retina. Pero queremos pasear un poco bordeando el río que atraviesa el pueblo y hacia allá vamos.

Vistas desde lo alto del pueblo

El rio Guadalope que nace, pocos kilómetros más allá, en Villarroya de los Pinares, es un afluente del Ebro.  Por Miravete pasa de una manera tranquila, con sus orillas de hierba verde dando un aspecto apacible a este escondido lugar.

Paseando por las orillas del rio Guadalope

Esta comarca del Maestrazgo, que comparten Castellón y Teruel, ya nos asombró cuando la visitamos en otra ocasión, descubriendo pueblos tan curiosos como Ares del Maestrat, la Iglesuela del Cid, Cantavieja y, sobretodo, Mirambel.

A la vuelta hacia casa lo hacemos por otra carretera que nos conduce, por el alto de Sollavientos, al pueblo de Valdelinares, ya en la Sierra de Gúdar. Os recomiendo hacer este camino, que nos lleva, por una carretera solitaria como todas las de esta zona, recorriendo paisajes que nos permiten ver todo lo que abarca la vista.

Pasamos por algunos mases, unos habitados y otros deshabitados, incluso por alguna ermita solitaria. Una carretera que nos recuerda que el viaje también es ésto, recorrer con tranquilidad nuevos caminos que nos descubren rincones inesperados.

En el alto de Sollavientos

 

 

 

 

 

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